La historia de Paz: El perfeccionismo que gobernó mi vida

La historia de Esperanza: La desconexión entre la razón y la emoción

“La rebeldía que me enseñó a cambiar»

 

El rechazo hacia mí misma

Hoy puedo reconocer que el perfeccionismo estuvo presente en mi vida desde muy pequeña, aunque entonces no sabía ponerle nombre. Crecí creyendo que todo debía hacerse a la perfección y que equivocarme significaba haber fracasado. Esa forma de pensar me hizo vivir con miedo, frustración y una constante sensación de que nada era suficiente. Al despertar, lo primero que hacía era mirarme al espejo. No me gustaba lo que veía. Rechazaba mi color de piel, mi peso y mi estatura. Sentía que había algo malo en mí. Después observaba mi casa. La veía desordenada, sucia y fuera de lugar. Tampoco me gustaba el aspecto de mi madre ni la falta de orden y limpieza que percibía a mi alrededor. Quería que todo y todos estuvieran ordenados y limpios. Creía que esa era la única forma correcta de hacer las cosas. Sin embargo, había una gran contradicción en mi vida: yo misma dormía con la ropa del día, no me lavaba los dientes y descuidaba mi higiene personal. Sentía rechazo hacia mí, pero, al mismo tiempo, no encontraba motivos para cuidarme. Pensaba que, si todo estaba mal, daba igual cómo estuviera yo.

Vivir con la idea de que todo estaba mal

Un día escuché a mi madre decir: «Si vas a hacer algo, hazlo bien; si no, mejor no lo hagas». Aquellas palabras se quedaron grabadas en mí. Desde ese momento decidí que era mejor no hacer nada antes que hacerlo mal. Con el tiempo me convencí de que todo lo que hacía estaba equivocado. Si lavaba los platos, gastaba demasiada agua o jabón. Si trapeaba, el suelo quedaba opaco. Si barría, siempre faltaba algún rincón. Poco a poco dejé de confiar en mí y terminé creyendo que solo existían dos opciones: hacerlo perfecto o hacerlo mal. Hubo épocas en las que podía pasar todo el día limpiando la casa sin descansar ni comer. No me detenía ni un momento y terminaba a las dos o tres de la madrugada intentando que todo quedara impecable. Aun así, bastaba encontrar una ventana sucia o una esquina con polvo para sentir una enorme frustración. Además, me enfadaba cuando los demás no daban importancia al orden y a la limpieza. Sentía que nadie valoraba el esfuerzo que yo hacía ni veía lo que todavía faltaba por hacer.

La perfección también dominaba mi vida

Ese mismo perfeccionismo estaba presente en la escuela. Aprender siempre me ha costado mucho esfuerzo, por eso sentía que cualquier calificación que no fuera excelente era un fracaso. Dormía poco, hacía trabajos extra y me llevaba al límite con tal de obtener el resultado que esperaba. No me importaba el precio que tuviera que pagar. Las exposiciones también eran una lucha constante. Quería hablar con seguridad, con fluidez y sin que me temblara la voz. Como eso era imposible, siempre terminaba sintiéndome insuficiente. En mis relaciones ocurría lo mismo. Pensaba que debía hablar de forma precisa, correcta y sin cometer errores. Después analizaba cada conversación preguntándome si había dicho lo adecuado, si había hablado demasiado o qué pensarían los demás de mí. Muchas veces prefería guardar silencio antes que arriesgarme a equivocarme.

Lo que aprendí en el grupo

Llegué a Emocionales Anónimos a los 29 años. Reconocer que era perfeccionista fue muy doloroso. Durante mucho tiempo pensé que yo estaba bien y que el problema eran los demás. Creía que nadie entendía la importancia del orden, la limpieza o de hacer las cosas «como debían hacerse». En el grupo descubrí que esa forma de pensar me estaba haciendo sufrir. Vivía en extremos: todo era blanco o negro, correcto o incorrecto. No había espacio para la paciencia, la tolerancia ni el aprendizaje. También comprendí que el miedo a equivocarme había frenado muchos proyectos importantes. Dejé oportunidades, abandoné estudios y empecé muchas cosas que nunca terminé porque mis expectativas eran demasiado altas y no aceptaba cometer errores. Hoy entiendo que no era falta de capacidad, sino el temor a no hacerlo perfecto.

Un día a la vez

Hoy sigo aprendiendo que equivocarme no significa fracasar. Los errores forman parte del aprendizaje y del crecimiento. En el grupo he aprendido a esperar, a ser más tolerante cuando las cosas no salen como yo quiero o cuando las personas no actúan según mis expectativas. Ya no necesito que todo sea perfecto para poder avanzar. Intento hacer lo mejor que puedo con los recursos que tengo, aceptando que los resultados llegan poco a poco. Vivo un día a la vez, confiando en el proceso y recordando que el verdadero cambio no consiste en controlar todo lo que me rodea, sino en aprender a vivir con paciencia, humildad y aceptación. Gracias al programa he descubierto que la perfección nunca me dio paz. En cambio, aceptar mis limitaciones, aprender de mis errores y seguir adelante es lo que hoy me permite vivir con mayor serenidad.

Paz S.

El encuentro que marcó la diferencia: Emocionales Anónimos

Eliana encontró verdadera transformación cuando llegó a Emocionales Anónimos, una comunidad donde pudo compartir su dolor sin vergüenza y escuchar historias similares a la suya.
“Encontré personas que escuchan y entienden mi historia. Ahí descubrí que mis miedos se disuelven cuando los enfrento acompañada.”

La práctica espiritual y emocional del programa la ayudó a revisar su historia de una forma nueva, menos cruel, más compasiva.
“Acepté mi pasado, perdoné a mi familia y me perdoné a mí misma.”
Aprendió a poner límites con amabilidad.
A soltar el miedo a la reacción de los demás.

A elegir su bienestar.
Y, sobre todo, a descansar.

Recuerda, los grupos Emocionales Anónimos ofrecen un entorno seguro y comprensivo donde puedes compartir tus pensamientos y emociones sin temor a ser juzgado. Al escuchar las experiencias de otros miembros que han superado desafíos similares, puedes obtener esperanza y perspectiva

Además, el apoyo emocional y el sentido de pertenencia pueden ayudarte a sentirte menos sola y más motivada para buscar tu recuperación.