La historia de Amparo: De los pensamientos suicidas a darme una oportunidad de vivir

Vivir con Fobias y Fobia Social: Del Miedo Constante a la Esperanza”.

 

 

Una infancia en la que no encontraba mi lugar

Desde que era muy pequeña me preguntaba por qué existía. Sentía curiosidad porque no lograba comprender la existencia ni encontrarle un sentido. Me sentía incómoda conmigo misma y experimentaba una sensación extraña por dentro que no sabía explicar. Al despertar sentía rechazo por comenzar un nuevo día. Me aburría y buscaba algo que pudiera gustarme o entretenerme, aunque ni siquiera sabía qué estaba buscando. Mi mente parecía estar siempre en blanco. Miraba mi casa, que muchas veces estaba desordenada y sucia, y nada de lo que veía me agradaba. Buscaba algo con qué jugar, pero sentía que no encontraba nada. También sentía miedo. Recuerdo que cuando ya podía caminar y subir y bajar las escaleras sola, hacerlo me producía temor. Poco a poco, ese rechazo que sentía hacia lo que me rodeaba también se dirigió hacia mí. No me gustaba mi cuerpo, mi estatura ni la imagen que veía en el espejo. Me consideraba fea y muchas mañanas me despertaba de mal humor. Mientras fui creciendo, ese desagrado continuó. No me gustaba la comida de mi madre, no me gustaba ir a la escuela y tampoco quería ayudarla a limpiar la casa. Hacía muchas cosas de mala gana y enojada. Aprendí a cumplir con algunas obligaciones por miedo al castigo y a los golpes de mi madre.

Crecer entre enfermedad, carencias y responsabilidades

La situación económica de mi familia comenzó a empeorar. El negocio de mi padre dejó de funcionar bien y sus enfermedades cardiovasculares hacían que tuviera que ser hospitalizado constantemente. En casa empezamos a vivir con muchas carencias: faltaba comida y, en ocasiones, incluso servicios básicos y artículos necesarios para mantener la casa. Cuando tenía 13 años mi padre falleció. Mi madre padecía fiebre reumática, diabetes e hipertensión y surgió la necesidad de que yo trabajara. Mis dos hermanas y mi hermano no nos apoyaban económicamente, así que sentía que la responsabilidad de salir adelante recaía sobre mi madre y sobre mí. Para mí fue una etapa muy pesada. Iba a la escuela por la mañana, trabajaba por las tardes y hacía mis tareas por las noches. Dormía muy poco porque constantemente tenía que acompañar a mi madre a urgencias debido a que su diabetes y su presión arterial se descontrolaban. Sentía una tristeza muy profunda. Me dolía que mis hermanos tuvieran poco contacto con nosotras y que no recibiéramos su apoyo. Cuando hablábamos por teléfono, muchas veces terminábamos discutiendo porque yo les reclamaba que no ayudaran. Comencé a pensar que prefería morir antes que continuar viviendo de aquella manera. Esos pensamientos fueron apareciendo cada vez con más fuerza. Sentía que la vida era demasiado pesada para mí y que ya no podía con ella.

Cuando aparecieron los pensamientos suicidas

A los 14 años acudí a un psiquiatra porque pensaba que algo estaba mal en mí. Sentía mucho odio hacia mi hermano por los golpes que recibía de él y no sabía cómo manejar todo lo que estaba viviendo. En esa época, los pensamientos de morir dejaron de ser solamente ideas que aparecían en mi mente y comenzaron a influir en mis acciones. Comencé a utilizar de manera inadecuada el medicamento que me habían recetado y llegué a tomar una cantidad excesiva con la intención de no despertar. Más adelante, después de mezclar medicamentos con alcohol, tuve otro intento de quitarme la vida. En aquel momento sentía que ya no podía soportar el dolor de ver a mi madre enferma, pensar que quizá nunca la vería sana y feliz y continuar viviendo en medio de tantas carencias. Durante mucho tiempo no pude encontrarle sentido a mi vida. Para mí, vivir significaba trabajar para pagar los servicios de la casa, conseguir lo necesario para comer y cubrir la atención médica de mi madre. No había vacaciones ni muchas de las cosas que veía disfrutar a otras personas. Mi prioridad era mantener nuestra casa en condiciones para vivir. A los 18 años conseguí un buen trabajo como responsable de un restaurante. Ese empleo nos dio a mi madre y a mí una mayor estabilidad económica. Sin embargo, lo había elegido principalmente por el sueldo. No me gustaba mi trabajo y durante mucho tiempo incluso sentí vergüenza de decir lo que hacía. Ante los demás aparentaba estar feliz, pero por dentro continuaba sintiendo indiferencia hacia la vida y una profunda frustración. Durante años seguí utilizando inadecuadamente medicamentos y consumiendo alcohol, mucha cafeína y tabaco. Descuidaba mi salud y mi alimentación porque dentro de mí continuaba presente el deseo de morir. Sabía que mezclar medicamentos y alcohol podía tener consecuencias graves y, en aquellos momentos, eso no me importaba.

Llegué al grupo sintiendo que arrastraba la muerte

A los 29 años decidí dejar el alcohol, pero mi manera de reaccionar ante la vida se volvió cada vez más explosiva. Cambió mi carácter, insultaba a las personas, dejé de hacer ejercicio y volví a perder por completo el sentido de la vida. En medio de una crisis emocional tuve otro intento impulsivo de acabar con mi vida mientras mi pareja conducía. Llegó un momento en que sentí que ya no podía más. Me costaba concentrarme, llegaba tarde a la escuela y al trabajo y veía todo negro. La comida había perdido su sabor para mí. Por las noches padecía insomnio y durante las tardes sentía una somnolencia que me dominaba. Vivía con mucho nerviosismo y los pensamientos suicidas eran constantes. Había llegado a un punto en el que esos pensamientos ocupaban gran parte de mi mente y no me permitían ver otra posibilidad para mi vida. Fue en esas condiciones como llegué a Emocionales Anónimos. Yo sentía que cargaba con la vida y arrastraba la muerte. Las personas del grupo me recibieron con amabilidad y atención. Me explicaron el programa y me invitaron a darme la oportunidad de conocer una manera diferente de vivir. Me preguntaban: «¿Qué puedes perder?». Y dentro de mí pensaba: «Es cierto. Ya no tengo nada más que perder». Sentía que lo había perdido todo porque había perdido el sentido de mi propia vida. Mis pensamientos constantes de morir no me permitían ver otra opción. Aun así, decidí darme una oportunidad.

Me di la oportunidad de vivir

Comencé a practicar el programa de Emocionales Anónimos y a recibir la ayuda y el acompañamiento de mis compañeros. No fue necesario que comprendiera toda mi vida de inmediato. Lo importante fue que empecé a darme la oportunidad de vivirla de otra manera. Con el tiempo, aquellos intentos impulsivos de quitarme la vida desaparecieron y los pensamientos suicidas dejaron de dominar mi vida. Poco a poco fui aprendiendo a enfrentar mis emociones y las situaciones de mi vida de una forma diferente. Durante muchos años pensé que morir era la única manera de terminar con el dolor. Hoy mi experiencia es distinta. Sigo practicando el programa y continúo aprendiendo con la ayuda de mis compañeros. Ahora puedo desenvolverme en mi vida cotidiana y ser una persona funcional. Llegué al grupo pensando que cargaba la vida y arrastraba la muerte. Hoy sigo aquí. Me dí la oportunidad de vivir.

Amparo E.

El encuentro que marcó la diferencia: Emocionales Anónimos

Eliana encontró verdadera transformación cuando llegó a Emocionales Anónimos, una comunidad donde pudo compartir su dolor sin vergüenza y escuchar historias similares a la suya.
“Encontré personas que escuchan y entienden mi historia. Ahí descubrí que mis miedos se disuelven cuando los enfrento acompañada.”

La práctica espiritual y emocional del programa la ayudó a revisar su historia de una forma nueva, menos cruel, más compasiva.
“Acepté mi pasado, perdoné a mi familia y me perdoné a mí misma.”
Aprendió a poner límites con amabilidad.
A soltar el miedo a la reacción de los demás.

A elegir su bienestar.
Y, sobre todo, a descansar.

Recuerda, los grupos Emocionales Anónimos ofrecen un entorno seguro y comprensivo donde puedes compartir tus pensamientos y emociones sin temor a ser juzgado. Al escuchar las experiencias de otros miembros que han superado desafíos similares, puedes obtener esperanza y perspectiva

Además, el apoyo emocional y el sentido de pertenencia pueden ayudarte a sentirte menos sola y más motivada para buscar tu recuperación.